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La Madrugá: Cristina, Aurora y Esperanza

Macarena

avatarmig2Pasaban las cuatro de la mañana en la que los poetas llamaron la Ciudad de la Gracia. Aquella noche era yo cicerone de un grupo de amigos de Granada que venían a disfrutar de la noche en la que la gloria vence al sueño, la calidez de la candelería al frío y el golpeteo de las bambalinas ponían su contrapunto al imperio de la corneta. A esa hora llegábamos a la estrechez de la calle García Tassara, continuación de Daoiz en el siempre tranquilo barrio de San Andrés. Aunque el destino era la propia plaza en la que se levanta la sede de la Hermandad de Santa Marta, el encuentro con la Cruz de Guía de El Silencio terminando de recorrer Daoiz nos hizo permanecer en esta estrecha calle alternativa a Javier Lasso de la Vega. En nuestro grupo de amigos, tres chicas veían por primera vez por su cuenta las grandezas de la Madrugá. Con los ojos abiertos y el corazón preparado para la emoción Cristina, Aurora y Esperanza se preparaban para la primera cofradía de silencio ejemplar de la noche.

Al regresar hasta la pared de García Tassara al encontrarme el inicio del cortejo de frente, escuché a alguien a mi lado que decía “algo está pasando”. Sin darle importancia a aquel comentario, esperamos a que la cruz pasara ante nosotros. Apenas 20 metros recorridos por los nazarenos, empezó el temblor. Como si una bestia de otro mundo se acercara, un murmullo creciente y veloz se apoderó de Daoiz y rompió la paz de nuestra calle. Había comenzado el terror. Con el corazón en un puño, las tres chicas desdibujaron su tranquilidad y la turba se apoderó de la calle. La fila de delante fue arrasada por el miedo, quedándonos solos ante los nazarenos negros. Uno de ellos, empujado por la gente que corría, se abalanzó sobre nosotros con el cirio encendido sin poder reaccionar. La Cruz de Guía buscaba la pared de la angosta calle para que nadie se chocara con ella y se hiciera daño mientras los que estaban dentro del bar cercano se ponían a la defensiva por miedo a una avalancha en su local.

“¡No pasa nada! ¡No pasa nada!”, era la única proclama que, de manera inocente, intentaba vencer a la peor de las bestias, el miedo. Con el corazón a punto de salirse del pecho, comprobamos que todos estábamos bien. Bendito momento en el que nos colocamos pegados a la pared en fila y no en corrillo como habría sido lógico para charlar. La hermandad se recomponía con la velocidad del rayo, como si nada hubiera pasado. Pero la procesión iba por dentro. La cara de las tres chicas reflejaba que sí que pasaba algo, que aquello no era lo esperado ni querido, que la tranquilidad meritoria de El Silencio había sido vencida por los gritos. No nos dio tiempo a recomponernos del todo. Escasos tres minutos después, de nuevo el rumor terrorífico que venía en línea recta como un fuego voraz desde la Plaza del Salvador. Más terrorífico aún, puesto que esta vez a pesar del ruido nadie corría. Ante lo que parecía un fantasma que apartaba nazarenos a los lados de la calle, movidos por el instinto, nos dimos cuenta de que en este lado de la calle ya casi que solo quedábamos nosotros.

Esperanza, que hacía solo una hora había iluminado sus ojos con el ascua de luz del palio de la Macarena, la Esperanza que le dio nombre, lloraba nerviosa por el segundo envite de aquel pánico. Cristina, abrazada a Ricardo, reprimía su miedo para no complicar la situación de tensión. La cara de Aurora, que pisaba por primera vez Sevilla en Semana Santa, no tenía explicación. Nada quedaba de su dulzura y paz, la respiración agitada era la señal de que habíamos perdido la batalla. Esa noche, a pesar de que seguimos viendo al Gran Poder, fue la noche en la que se rompió la madrugada. Pero sobre todo fue la noche que Cristina, Aurora y Esperanza recordarán con temor. La noche en la que el miedo nos ganó, a mí y a todos los que quisieron que los de fuera vieran el esplendor de la ciudad.

Antes de que llegara el Nazareno de El Silencio, sonó el teléfono. Marta llamaba desde el Salvador, donde la Virgen de la Concepción se había quedado sola en una plaza en la que decía la voz amiga que había sido horroroso, con cirial partido incluido. Aquella estampida a los pies de Martínez Montañés era la que había llegado, calle Cuna arriba hasta nosotros. Javi, compañero de Triana al día, estaba a escasos metros en la calle San Miguel y había apartado a tiempo a su padre de la estampida antes de que se lo llevara la muchedumbre histérica. Mi padre y mi hermano y algunos amigos, en el cortejo del Gran Poder, habían vivido la estampida con el Señor de Sevilla pasando el Postigo. Ana, la valiente con la que compartí mi vida a tiempo completo un año, había superado tres intentos de avalancha como nazarena de la bellísima Hermandad del Calvario. Otra amiga, Marta, había vivido la desolación de los gritos en San Pablo al paso de la Esperanza de Triana, donde la alegría más rebosante se había transformado en lágrimas, y mi madre había contemplado horrorizada cómo el pánico se apoderaba de las sillas de la Avenida, donde los abonados saltaban derribando sillas huyendo de las primeras filas al paso de la Macarena.

Aquella noche, buscamos el reconfortante calor de una taza de café a la espalda de la Magdalena. Cristina, Aurora y Esperanza ya no sonreían como antes, y en cada mesa el murmullo hablaba de lo mismo. Me sentí fracasado. Quise mostrar la grandeza a las que miran por primera vez, como un niño, la noche más hermosa del año. Y no pude. El corazón estaba abatido por algo que nadie puede entender. Pero entonces llegó la Aurora, el mismo amanecer que da nombre a mi amiga de ojos vivos. Y con la Aurora vi dónde estaba nuestra Victoria. Por San Pablo avanzaba la Virgen de la Presentación, casi abandonada a su suerte por el público. Vencida, con el paso cansado, más dolorosa y más Esperanza que nunca, aunque no lo diga su nombre. Su palio oscuro, maravilla secreta de la ciudad, como un herido de guerra, como un Cristo trianero caído tres veces, no dejaba de avanzar con el dolor más presente que nunca. Ella iba como nosotros, presumiendo de la victoria de la luz sobre las tinieblas, diciendo sin decir nada que, venga lo que venga, la emoción más pura siempre permanece.

Al pasar por el Postigo, otro lugar donde el horror se había instalado horas antes, el misterio de Triana se conducía a Adriano a través de una calle Arfe algo despoblada. El misterio de la Esperanza, el que parece que a nada teme, avanzaba con la custodia de sus músicos marineros como si en este amanecer la corneta poderosa fuera más necesaria que nunca. La noche terminó, y en la despedida, sentí que aquella noche todos los titulares de las hermandades llevaban grabados el nombre de la Esperanza. La misma que nos había bendecido en la Alameda al inicio de la noche, la misma que no se pierde hasta que no te queda nada, la advocación de Sevilla por encima de todo lo posible. La que respiran los ojos de los que ven pasar el andar inmortal de Jesús del Gran Poder. Y en aquella despedida, solo pude decirle a las tres que volvieran, que volvieran el año que viene a pesar de todo. Porque aunque la noche siempre es más oscura antes de amanecer, cuando la Aurora rompe la mañana, es hora de preguntarle a la Muerte y al Miedo dónde está su victoria.

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