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Reivindicación de la vida a fuego lento

vida a fuego lento

avatarmig2Siempre corriendo. No me da la vida. No paro. Vivimos en una espiral de rutinas, de carreras para montarnos en el último autobús antes de que se vaya, de maratones en la oficina comiendo delante del ordenador para no perder tiempo. La vida del “aquí y ahora”, del “lo quiero para ya”, nos está consumiendo a la velocidad a la que se come un grupo de amigos con la papa una tapa de ensaladilla. Hemos renunciado a la vida a fuego lento, la de aquellas cosas que tardan lo que nosotros creemos que es demasiado para el tiempo que tenemos. Muchos te dirán que lo que hemos aprendido es a ser más eficientes, pero lo que hemos aprendido es a ser un poquito gilipollas.

La slow food

Es quizá la mayor muestra de que somos tontos del tó. El movimiento del slow food es la demostración de que lo obvio, lo que lleva gritándote tu madre desde que eras chiquitito, solo lo puedes asumir a golpe de moda, porque te lo dice el último influencer que vive del cuento y de que tú le hagas caso como borrego que eres. “Vamos a aprovechar los ritmos de la gastronomía tradicional, de los productos de temporada, del cocinado que requiere su tiempo”. Una idea tan moderna que tu bisabuela ya lo hacía. Estamos dejando de comer pucheros y potajes, peroles de migas y paellas en casa, porque tardan demasiado en hacerse, porque requieren un tiempo que, al parecer, no tenemos. Compramos migas empaquetadas, latas de fabada, briks de caldo preparado, menestras congeladas. Y no nos importa que sepan a plástico o, directamente, a nada. Preferimos comernos una mezcla de verduras que parece de plastilina antes que cortar productos naturales y esperar unas horas a que se haga un pisto. Hemos dejado de valorar que un buen puchero es bueno precisamente porque tarda horas en hacerse. Con la cultura del “ya” estamos olvidando el valor de la cocción lenta y, amigos, eso solo puede ser un error.

No escribas más de dos párrafos

Como bien sabéis, los que escribimos por aquí somos periodistas. Cada día vemos como las tendencias nos dicen que escribamos menos, que condensemos más todo. Escribimos noticias y las compartimos en Twitter y la mayoría de la gente ni siquiera pincha en el enlace, solo con leer la frase que hemos puesto en el tuit se queda contenta. ¿Qué clase de personas estamos educando hoy en día? Escribimos cada vez textos más cortos porque la gente que lee en el móvil “no va a hacer scroll”, y qué hablar de cuando hacemos reportajes o hablamos de LIBROS. Con el auge de las nuevas tecnologías, funciona mejor una lista de 18 frases del estilo de “cosas que a un hombre le encanta que sucedan en la cama” que un tema de historia para aprender sobre una parte fundamental de la ciudad en la que vives. Cada vez leemos menos porque queremos leer menos. No nos engañemos, la culpa no es de la tele ni de Internet, es nuestra. ¿Este texto es demasiado largo? Se nos olvida que leyendo, entre otras cosas, mejoramos la ortografía. Esa amiga a la que las nuevas décadas están condenando al olvido. Cada vez leemos menos y escribimos peor. Pero no pasa nada, porque tenemos un montón de followers y al que te corrige una falta lo tildas inmediatamente de pedante. Él no es un pedante, pero tú sí eres un paleto.

No diga moreno, diga cáncer

Otra de esas maneras que tenemos de decirle al mundo que nos importa más el tiempo que nuestra salud es ponernos morenos. Queremos el color dorado a una velocidad que preferimos pasar de las cremas y untarnos en barbaridades. Cuando éramos pequeños nuestras madres nos ponían crema y nos lanzaban a la arena, y de vez en cuando volvían a echarnos una capa más, no fuera a ser que nos quemáramos. Poco a poco el pelo se nos iba aclarando a lo largo de los días y el negro se volvía castaño y el castaño, rubio. Nuestra piel se doraba a fuego lento hasta conseguir un moreno agradable a la vista y sin riesgos. Ahora usamos toallitas para pintarnos la piel como un payaso, nos rociamos en spray o nos metemos en una sesión de rayos uva para salir de ella como un engendro. Si vamos a la playa, tenemos que estar negros en un día o en un fin de semana porque, es que no tenemos tiempo. Nos untamos en aceite el cuerpo dejando que el sol dañe nuestra piel y las quemaduras destruyan nuestra protección natural, nos echamos cerveza en la cabeza para aclarar el tono del pelo a una velocidad tremenda mientras nuestro propio pelo se va resquebrajando… No nos importa nuestra salud porque el aspecto, amigos, gana cualquier batalla en la era de los selfies y del postureo.

Esclavos del reloj

Vamos a los sitios conteniendo la respiración. No llegamos. Así que cogemos el metro o el coche aunque no sea realmente necesario. Podemos ir andando saliendo solo 10 minutos antes pero, ay amigo, creemos que no tenemos esos 10 minutos. El reloj nos está echando un pulso y preferimos meternos en los túneles del metro cual comadreja antes que salir a la calle y ver que cogiendo esas tres calles llegamos en un momento y no tenemos que aguantar bullas. Y sobre todo, no tenemos que buscar aparcamiento, porque el vehículo lo llevamos incorporado y lo vestimos con zapatos. Sí, se llama PIES. Te llevan a donde quieras y, en la mayoría de los casos, no te hacen tardar más que lo que tardarías en esperar el autobús o en aguardar que llegue el metro, por supuesto, después de bajar tramos de escaleras, comprar billete, y llegar hasta la boca del metro. Sí, además andar es gratis. Y ves cómo late la ciudad, cómo despliega su imperio la primavera y cómo envejecen los edificios y las calles. Ir andando es TOP.

Artesanía vs filosofía Primark

Las camisetas del Primark son insultantemente baratas, pero son esa paradoja de nuestra sociedad de hoy día. Hechas rápido, para un consumo atroz y desmedido, pero que al primer lavado ya tienen pelotillas. ¿De qué nos vale? Sin embargo, por otra parte, hemos visto que hace un par de años los modernos quedaban en cafeterías para tejer. La artesanía elevada a lo cool. Lo que hace una abuela de la Alpujarra convertido en forma de vida hipster. A lo mejor es que somos tontos o es que nos creemos que esto de hacer una bufanda lo hemos inventado nosotros. No amigo, esto es “lo que se lleva haciendo un chorro de años” redescubierto ahora porque estamos tan ciegos haciendo fotos para Instagram de todo cuando vamos de viaje que no nos paramos a vivir lo que estamos viendo. Si levantáramos la cabeza del móvil, escucháramos a nuestros mayores y valoráramos esas bufandas que tardan en hacerse dos semanas a mano pero que luego te duran dos décadas, quizá entenderíamos un poco mejor lo que es vivir de verdad, y no en un irreal paradigma virtual.

Café de cápsula

No nos engañemos. Tomar café hoy día ha dejado de ser un placer en la mayoría de los casos para pasar a ser un acto de necesidad para mantenernos despiertos a través de agua sucia y asquerosa por la que Juan Valdés se levantaría de la tumba. El café, el oro negro de América, lo hemos pervertido. De repente ahora solo tenemos tiempo para cápsulas, porque al parecer somos astronautas. Y hemos recluido en un rincón aquella cafetera italiana -esas que solo se lavan de vez en cuando según dicen los maestros cafeteros italianos-, porque es que tarda 10 minutos en salir el café. Definitivamente somos idiotas. Preferimos las cápsulas porque quizá somos astronautas y dentro de nada comeremos todo en pastillas. Comer, al igual que beber, en el día a día ya no es un placer. A veces incluso nos da rabia que nos haga perder tiempo. Y así nos va.

La vida en un tráiler

¿Sigues la página de PlayGround en Facebook? ¿Consumes esos vídeos cuadraditos de 30 segundos o los de 15 segundos de Instagram y te quedas satisfecho? No eres el único. Hemos pasado de no importarnos ver una peli larga con palomitas y sin poder dejar de mirar la televisión a ver un tráiler y que se nos haga largo. Y probablemente no llegues a verlo hasta el final. Nos ponemos nerviosos si tenemos que ver algo sin interactuar. Vamos al cine y no entendemos cómo ver una película sin poder dar un ‘me gusta’, y como si fuéramos cocainómanos, miramos una y otra vez el Whatsapp, no vaya a ser que nos estemos perdiendo algo importante de algún grupo. Os reto a algo. Id al cine o al teatro y apagad el móvil, y luego id a tomar algo y seguid con el móvil apagado y dedicaos a charlar. Al volver a casa, volved a encenderlo. ¿A que no os habéis perdido nada fundamental? Obvio. Porque lo fundamental era lo que estábais haciendo.

La prostitución del pan

Mi compañera de piso es una apasionada del pan, dice que podría alimentarse solo de pan. Y es que una buena pieza de pan es un prodigio, el fruto del cariño del horno y de las manos madrugadoras del panadero. Ahora bien, hemos visto necesario en nuestros días hablar de “pan gourmet” para referirnos no a ese “pan con cosas”, sino directamente al pan bien hecho. ¿Somos morcillones? Lo somos. Ahora lo extraordinario es la barra de pan hecha en obrador nacida del agua y la harina, entre barras y barras de consumo masivo precocidas y vendidas en todo tipo de locales a precios que hunden a las verdaderas panaderías de toda la vida. Pero somos así, preferimos pagar menos por un pan de mierda que pagar más por un pan de calidad. Ya no valoramos el trabajo del panadero, ese que nuestras madres consideraban como de la familia, porque nos entregaba cada mañana la gloria cocida al horno con una sonrisa. Hemos prostituído la base de nuestra alimentación, y lo más grave es que no nos importa.

Consúltalo en el móvil

Hablando con un director de hotel hace unas semanas, me decía que no hay mejor manera de conocer una ciudad que perderse por sus calles. Cuando te pierdes, aunque vivas en ella, de repente descubres la reja que da a un patio espectacular o esa plaza que ni sabías que existía. Pero hoy no podemos perdernos, porque llevamos siempre el GPS y Google Maps como aplicación de cabecera. No sabemos por qué, pero hasta cuando no es necesario, necesitamos tener el control y saber cómo llegar a los sitios sin correr el riesgo de dejarnos llevar. Igual que ya no consultamos libros, porque es mejor fiarnos de lo que un cualquiera haya puesto en Internet. Y si podemos hacer que una aplicación haga algo básico por nosotros, mejor que mejor. No vivimos, el móvil vive por nosotros. Y eso, a mí al menos, me entristece.

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